Seminarios IHSM La Mayora - José Antonio (Pepe) Carreira (Universidad de Jaén)
El impacto sobre los bosques de la lluvia ácida por contaminación transfronteriza adquirió notoriedad tras la denuncia de países escandinavos en la conferencia de Estocolmo 1972 (primera gran cumbre internacional que situó la protección ambiental en la agenda global y vinculó el desarrollo económico con la sostenibilidad). El sulfato, derivado de la foto-oxidación atmosférica de emisiones gaseosas de SO2, representaba entonces 2/3 de los equivalentes de ácido fuerte en la precipitación. El control de emisiones de SO2, fácil por ser de fuente puntual, propició que, a finales de 1980s, cesara la escena de grandes extensiones de bosques defoliados y con mortalidad masiva. Pero ¿y el otro 1/3, correspondiente al nitrato? Se ignoró y siguió creciendo. Las emisiones de NO2 son más difíciles de controlar (fuentes difusas) y, después de todo, lo que entra en los bosques es ¡nitrógeno¡ (un nutriente esencial, no un contaminante en la visión de entonces). Consecuencia: En los 1990s se detecta una nueva versión, todavía hoy poco publicitada, de lluvia ácida, la “deposición atmosférica de nitrógeno reactivo”. Ahora, al problema de la acidez, se suma el del “enriquecimiento” en nitrógeno. Sus impactos son menos visibles pero extensivos: desde eutrofización de arroyos, a desequilibrios nutricionales en los árboles y cambios en la composición específica de las comunidades biológicas. Todos ellos derivan de la inducción de tensiones estequiométricas N/otros elementos (particularmente fósforo), que afectan a todo el espectro de niveles de organización: transcriptoma, metaboloma y elementoma de las plantas, poblaciones y comunidades biológicas, ecosistemas y paisaje. Y está ocurriendo, sin que lo advirtamos, en nuestro patio trasero; por ejemplo, en bosques andaluces tan singulares como los pinsapares y los alcornocales.